EL ARZON

Corrió y corrió. Lo seguí lo que más pude y lo perdí de vista. Sabía dónde estaba de todas maneras y entendía cómo funcionaba su naturaleza instintiva. Seguí planeando y observando sin mirarlo. Él es de aquí, pertenece a este lugar, pero yo puedo ir a donde sea, dormir donde sea y todo lugar es accesible. Pero porque corría de mi? No puedo cazarlo… o quizás un poco sí, pero sería una tarea compleja y no aprovecharía nada de él. Cuando vio mi sombra se lanzó en su carrera por el camino y yo lo arremetí. Me transformó en su cometa, volaba por encima de él mientras sus patas se aceleraban estrepitosas y un lazo invisible nos unía. Quería herirlo, pero no tenía nada contra él, hasta que se convirtió en mi presa. Había un par de peces en el arroyo de la derecha, a los que podría poner fin en dos bocados y saciarme, pero me parece poca cosa. Deseo algo más rebuscado. Y el festín de ratas por las noches ya me agobia. Suelo comerlas sin ser cruel con ellas y si bien todas cambian de tamaño y saben unas mejor que otras, siguen siendo ratas. Este lugar es tan aburrido, pero es un bello paisaje donde puedo tenerlo todo.

 Veo huesos blancos moverse por debajo de las copas de hojas secas. Se complica mi acceso, pero puedo darle un susto. Si su raza nos sigue teniendo miedo, será una más. Quisiera soltar una piedra desde estas alturas, estoy en verdad muy alto y es hermoso ver cómo algo cae sin escuchar su final, te lo imaginas rompiendo ramas y pegando seco contra el suelo o cayendo cerca de alguien alterando sus nervios.

Recuerdo las ficciones inocentes qué veía de pequeño en qué los buenos estaban en peligro de muerte, cómo al borde de un precipicio y yo deseaba que los tiernos murieran primero, y luego me decepcionaba, al ver cómo se resolvía todo de manera estúpida pero elocuente para un público normal a esa edad. De pequeño no te pueden enseñar la basta crueldad de la vida.

Él tiene que perecer en algún sentido. Pues en su vista a mí ya sabe lo que le toca, y yo no debería estar pensando tanto.

 Caí en picada allí cerca de donde sabía que estaba expectante y asustado aquel mi amigo al que odiaba sin razón. Rompí un par de ramas frágiles y hojas que caían como si parte de mi plumaje fuesen. Y llegué a ver frente a mis ojos al mundano, arrancando de nuevo un feroz atropello para alejarse de mí, mientras mis garras escarbaban la tierra. Ahora necesitaba matarlo. «Solo somos tu y yo en esta vida» dije sin que me entendiera mientras corría y brincaba a la vez aquel genuino animal. La embestida más grande de mi vida se soltó de aquel puñado de tierra y empecé a volar por debajo del techo forestal, mucho más abajo de lo que se nos permite a los de nuestra especie, y mucho más rápido que aquel animal acostumbrado a este suelo. En este lugar, en este fin de tarde, en este intento de bosque, y a esta distancia de mi cielo, me acerque al lomo de mi presa que no volteaba atrás para verme como una bestia que buscaba su muerte, y le incruste mis garras tan fuerte que sentí que no se diferenciaba mucho de aquellas ratas, más que en tamaño, y lo seguí apretando como a aquel poco de tierra que tenía recién entre mis garras. Escuché su grito, el grito más estremecedor ahuyenta bestias que escuché en mi larga vida, el grito llamador de madres y alejado de toda autodefensa por excelencia. Me quedé maravillado mirándolo a la cara, mientras bajamos lentamente nuestras velocidades. Él giró la cabeza y por fin sus ojos encontraban los míos. Tenía una mirada tonta, alejada hasta de la propia vida silvestre, y sus ojos estaban para mí sorpresa sin brillo ni lágrimas. Aún sin quererlo, lo miré intimidante y con saña para que supiera mis intenciones, y de mis garras embutidas en su manchado lomo brotaban algunas gotas de sangre nueva a su exterior. El animal hizo un brusco movimiento, volteo todo su cuerpo contra el piso y casi me logra golpear a mí también. Ahí fue cuando vi su pecho, ahora exhibido hasta para los rayos del sol. Tenía una herida notoria en el vientre que partía de su tórax y se extendía hasta la parte inferior de su vientre. La sangre oscura que le manaba no se parecía en nada a la de las heridas que yo le había infligido en la parte superior. Ese animal ya había sido cazado por algo más peligroso que yo. Aun así esa bestia se levantó, y yo temiendo que me increpara me preparé para embestir otra vez. Pero más allá de toda regla lógica, con su cuerpo asediado por sed de violencia, y su mente limitada a salvajes respuestas… La atrevida fiera me hipnotizó con su mirada, y su oscuro aspecto. Por un momento dejo de existir mi razón. Sentí las sombras de todas las presas que un día predé recorrer en círculos todo mi cuerpo y mi visión. Todo en mi ser estaba podrido, todo era otro mundo, y el tiempo no vivido de un corazón. Palabras innecesarias y sus espectros no lograban callar lo que significaba el ya no estar. Me convertí en agua oscura con la conciencia de muchas horas de siglos pasados y futuros. Dios me quito la mirada y se largó corriendo rápidamente.